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22 junio 2015

Proyecto Junio 2015 Adictos a la Escritura: Hace calor.

¡Llega el verano!
Y no puede haber mejor forma de darle la bienvenida que con este proyecto de Adictos a la Escritura, el cual consiste en escribir un relato sobre el calor. Aun que el mio no tiene nada que ver con el verano... jeje

La verdad es que este mes me ha costado un poco terminar mi relato y no sé si transmitirá calor, como se pedía en las bases. Pero para eso están los comentarios, para que me digáis con total libertad si habéis sentido el calor o si por el contrario no lo he conseguido. 
¡Sea como sea espero que os guste!



CALOR DE VENGANZA 




 Desperté algo sudorosa y en seguida me di cuenta de que estaba encerrada. Era un lugar oscuro, solo unos focos anaranjados iluminaban el lugar.
Nos habían secuestrado, sí, estaba segura de ello aunque no tenía ni idea de porqué ni de quienes eran los secuestradores.
Lo que sí sabía era que tenía que mantener la calma, estábamos encerrados y hacía calor. Alberto, mi becario, estaba inconsciente. Era joven, solo buscaba su oportunidad y yo se la di al ofrecerle el puesto en la empresa.
–Alberto, despierta. –Le dije intentando hacerle reaccionar. Despertó aturdido, el pobre no recordaba nada.
–Nos han dado un golpe con el coche y nos han secuestrado. –Le expliqué.
– ¿Qué? –Exclamó asustado.
–Ya te advertí que al ser mi becario estarías expuesto a cualquier riesgo.
–Pero Jefa, por Dios, imaginaba que serían riesgos profesionales, no un secuestro.
–No soy la primera empresaria a la que secuestran... Ni seré la última.
– ¡Mire, su bolso! –El chico vio mi bolso tirado en el suelo y me avisó.
Rápidamente revisé su interior, obviamente mi móvil y mi tableta no estaban.
–Mierda... Van a robarnos un montón de datos e información. –Dije  –Sea quién sea el que nos ha hecho esto es alguien de la competencia.
–Disculpe Jefa… ¿No tendrá usted un poco de agua? Hace demasiado calor aquí...
Alberto casi vuelve a desplomarse, por suerte sí que llevaba agua en el bolso. La verdad es que cada vez se hacía más insoportable estar ahí encerrados. Unos ventiladores enormes producían un intenso aire caliente. Empezamos a sudar aún más.
–Será mejor que guardemos agua, no sé cuánto tiempo estaremos aquí...
Los minutos, o las horas pasaban, era difícil mantener la noción del tiempo. Estar allí se hacía cada vez más horrible, busqué una ventana pero no la encontré.
Los ventiladores no se paraban. El aire caliente que producían me agobiaba por momentos y aquellas luces naranjas e intensas solo empeoraban la sensación de calor.
Poco a poco nos fuimos quitando ropa hasta quedar casi en ropa interior, no podíamos hacer otra cosa.

Hablábamos para pasar el tiempo pero se nos secaba la boca, y nada más podíamos mojarnos los labios para ahorrar agua.
No aparecía nadie, ni siquiera el secuestrador. Y aquellos ventiladores no dejaban de girar, de sacar aire caliente y de hacer un horrible ruido.
Ambos estábamos empapados, pero Alberto tenía peor cara, se debilitaba por momentos y yo lo notaba, no quería preocuparme porque intentaba mantener la calma pero volvió a desmayarse. Ya no podía más, estaba harta de aquella situación y no pensaba permitir que Alberto se pusiera peor.  
Furiosa grité y tiré las prendas de ropa en los ventiladores que se atascaron, aquello me despertó un poco de aquél estado de ira y me hizo reaccionar.
Cogí lo que quedaba de agua, le eché una parte por el cuerpo a Alberto que despertó y después le di de beber el resto.
–No Jefa, no puedo beberla toda o usted también morirá de sed. –Ni si quiera en esas extremas condiciones Alberto dejaba de hablarme de usted. Es algo que me gustó de él, su educación y respeto, los mantenía siempre en cada momento, no importaba que le hicieran él jamás perdía sus buenas formas. Sus padres debían estar orgullosos.
–Por eso mismo que soy tu Jefa, haz el favor de beberte el agua, no voy a dejar que te desmayes otra vez. –Le dije  –Te necesito despierto, te necesito a mi lado para que juntos pensemos que hacer.

Al parecer el agua y mis palabras le dieron fuerzas y se recuperó un poco.
–Tenemos que avisar a alguien o moriremos aquí abajo  –Dijo el chico.
–Sí… ¿Pero cómo?
De pronto empezó a sonar una melodía, era el móvil de Alberto.
– ¡Mi móvil!
–Pero. ¿Dónde está?
– ¡Ahí! –Corriendo respondió al teléfono  – ¡María! –Era mi secretaria. –¡Lo sé! Necesitamos ayuda.
–María llama a la policía, nos han secuestrado, voy a enviarte las coordenadas ahora mismo.
Colgué y le envié las coordenadas GPS, así nos encontrarían más deprisa, de pronto oí una puerta que se habría. Seguido de unos pasos que se acercaban.
Escondí el teléfono como pude. Seguía haciendo calor pero por suerte los ventiladores seguían bloqueados.
–Como puede ser que hayáis bloqueado los ventiladores  –dijo el secuestrador enfadado pero no podía verle la cara, puesto que permaneció en la penumbra  –Ahora veréis…
El secuestrador apretó una palanca, los ventiladores volvieron a arrancar esta vez a máxima potencia, tanta que nuestra piel se empezó a quemar.
Entre gritos de dolor caímos al suelo, nos dimos las manos aun sintiendo la intensa quemazón del contacto de nuestra piel.
– ¡Por favor para! –grité  –¿Quién eres? ¿Por qué haces esto?
–Solo soy un mensajero  –dijo el secuestrador entre risas  –Y un sádico, disfruto viendo cómo te quemas, cómo sufres…
Volví a gritar, no podía más, el calor y la quemazón estaban siendo cada vez más fuertes, ya no podía aguantar.
–Lo siento Alberto  –dije entre susurros  –Gracias por todo.          
–No, Jefa, no se rinda  –dijo él entre gritos.
No podía más, mis ojos se iban a cerrar. Solo pude oír pasos, muchos pasos.
– ¡Alto ahí! –Dijo alguien.
Entonces el calor, las quemaduras, todo desapareció.

Estuvimos algunas semanas ingresados en el hospital, la policía no pudo averiguar nada. El secuestrador era un sádico que solo hacia encargos, quien quiso hacerme tuvo mucho cuidado para no ensuciarse las manos. En el mundo empresarial siempre es mejor que otro haga el trabajo sucio.
Tampoco hubo forma de recuperar la información que me habían robado y en mi compañía trabajaban contra reloj en el nuevo producto, pues el que fuera que me había robado mi tablet tenía el diseño y si lo sacaban a la luz antes que nosotros estábamos perdidos.
Cuando nos recuperamos de las quemaduras pudimos volver al trabajo. Justo a tiempo para el lanzamiento del producto, menos mal.
Quedaba solo un día, lo teníamos todo listo y ninguna empresa de la competencia parecía saber nada del producto.
Pero justo entonces, justo cuando pensamos que todo había acabado otra compañía lanzó el producto.
Era la compañía de mi ex marido. Él lo había planeado todo.
–Hijo de perra  –maldecí  –Me las pagará.
–No puedo creer que ese hombre sea tan miserable  –Dijo Alberto.
–Lo es, pero te aseguro que de una forma u otra demostraré que fue él quien encargó nuestro secuestro.
El calor que sentía en mi interior en aquél momento era intenso, abrasador y duradero, era el calor de la ira, el calor de la venganza. 


18 mayo 2015

Proyecto Adictos a la Escritura Abril/Mayo . Desarrollando el micro FASE B

¡Muy buenas!
Hoy os traigo la segunda fase del ejercicio Desarrollando el micro de Adictos del que os hablé y enseñé la primera fase el mes pasado. 
Antes que nada pido disculpas por presentar mi relato sin estar debidamente revisado pero por falta de tiempo lo he escrito a ultima hora y no quería que la compañera Mariana se quedara sin el desarrollo de su micro. 

Este es el micro de Mariana: 

Había algo en ella, todos lo sabían. Esa sonrisa, esa mirada, ella sabía algo que tú no sabías. Jazmín, así la llamaban. O Elena. O María. Otros nombres más, seguramente, ¿cómo acordarse de todos? A veces sus cabellos eran largos y llenos de rizos, a veces (como en este instante) de color negro azabache, que apenas rozaban sus hombros. No era necesario que la mirases más de dos veces para notar que algo andaba mal con ella, muy mal.
 No importa cuan curioso seas, es mejor que no sepas su secreto. Después de todo, nadie que lo haya averiguado ha vivido para contarlo.


Os invito a todos a pasar por su blog: http://debellezayotrasdrogas.blogspot.com.ar



Y aquí está mi relato en el cual he desarrollado esta pequeña historia: 


Esta vez nos habíamos metido en un lío de verdad, Papá no nos perdonaría más.
Mi hermana melliza Lena y yo, Glen, nos acabábamos de cargar el ventanal del salón por segunda vez en el mismo mes.
Papá ya nos había avisado un mes antes cuando dejamos la cocina patas arriba “Ya no sois niños, tenéis trece años, es hora de que seáis adultos y si para ello necesitáis mano dura llamaré a quién sea necesario para que sentéis la cabeza de una vez” fueron sus palabras exactas.
Así que cuando nos hizo llamar a su despacho nos temimos que nos caería una buena bronca.
Pasamos a la sala, todo era silencio, incomodo silencio que nos tenía con un nudo en la garganta tanto a mí como a mi hermana.
– He decidido que no os voy a regañar – dijo papá sorprendiéndonos a los dos. –Lo que vosotros necesitáis no son más regañinas. Tenéis que madurar y creo que necesitáis ayuda, así que a partir de ahora se acabó el jugar. Mañana vendrá la institutriz a la que he contratado.
Lena y yo nos miramos, confusos, sin saber que decir.
–Pero papá –dijo ella.
–No repliques señorita, con esto no hay opción. Mañana os quiero preparados en el salón a primera hora.

Lena y yo salimos del despacho resignados. Temíamos a esa institutriz, siempre habíamos jugado y deambulado libremente por nuestra casa, ahora todo iba a cambiar.
–Bueno Glen, quizá no sea tan mala esta institutriz.
–Lena, ya lo dice la palabra, institutriz. ¡Que instruye! Habrá muchas normas que cumplir.
–Espero que no sea para tanto, empiezo a preocuparme.

Al día siguiente como ordeno nuestro padre estuvimos en el salón bien puntuales, con mudas limpias y buena compostura. El sonido del reloj resonaba en el silencioso salón, yo estaba nervioso, tenía un mal presentimiento y Lena tampoco estaba muy tranquila.
Después de esperar durante unos eternos minutos la gran puerta se abrió para dar paso a mi padre y a aquella misteriosa mujer de cabellos negros y mirada misteriosa.
–Bien, le presento a mis hijos Glen y Lena. –Dijo papá.
–Bien chicos, es un placer conoceros –su expresión, su tono de voz, su mirada, era casi aterradora.
–E… Encantada –Consiguió decir Lena, temerosa por la presencia de la nueva allegada.
–Mi nombre es Elena, seré vuestra institutriz. Así que desde ya van a cambiar muchas cosas en esta casa y en vuestra actitud.
–Bien, yo me retiro –dijo papá –Si me necesita señorita, estaré en mi despacho.
En cuanto mi padre salió la institutriz sacó un látigo de su gran bolsa negra, Lena contuvo la respiración por un momento, aquella mujer la estaba asustando cada vez más.
–Lo primero que debéis saber es que si he de usar este látigo no lo dudaré ni un solo segundo –dijo pasando el látigo por mi cuerpo, poniéndome aún más nervioso. –Si rompéis una sola norma lo usaré tantas veces como sea conveniente. ¿Entendido?
Los dos asentimos.
–En segundo lugar os dirigiréis siempre a mí como Señora Institutriz, y por último pero no menos importante, acataréis mis órdenes sin discusión. ¿Entendido?

Aquél primer día fue espantoso, la institutriz nos tuvo todo el día haciendo tareas, limpiando la casa, el establo e incluso cargar con las pesadas cajas de comida que nos acababan de enviar de la ciudad.
–Perdone Señora Institutriz son las cinco –le informe.
–¿Y qué ocurre muchacho?
–A las cinco es la hora del té que tomamos con mi padre, Señora Institutriz, pensé que le habría informado. –Dije intentando parecer seguro de mí mismo.
­–Oh, cierto… Lástima que crea que ese té no es conveniente. Sigue limpiando.
–¡Me niego! –Gritó Lena sorprendiéndonos a los dos –Mi padre jamás permitiría esto. Siempre tomamos el té juntos desde que murió mamá.
–Pequeña y rebelde niña, pensé que no tendría que hacer esto el primer día… – Y con el látigo le dio tan fuerte que Lena cayó al suelo inconsciente, cuando me interpuse fui yo el que recibió el segundo golpe.

A partir de ese momento todos los días fueron yendo a peor, intentamos hablar con mi padre y no nos creyó, dijo que si recibíamos un castigo era por nuestro bien, estaba irreconocible. Ya nunca tomaba el té con nosotros, lo tomaba con ella, con Elena la institutriz. Mientras nosotros hacíamos las pesadas tareas que nos imponía.
Nuestro padre parecía estar sometido a la voluntad de aquella cruel mujer, no entendíamos por qué. Hasta que un día escuchamos cuchichear al servicio.
–No me gusta nada que el señor tenga relaciones con esa mujer –dijo la cocinera, Lena y yo escuchábamos escondidos, estupefactos.
–Verás, me he estado informando y esa tal Elena no es de fiar, quizá ni si quiera se llame así –le contó la asistenta.
– ¿Qué?
–Según mi hermana le han hablado de ella, la expulsaron de una ciudad no muy lejana aquí, no se sabe por qué, pero allí se hacía llamar Jazmín y todo el mundo la temía.
En ese momento la institutriz entró sorprendiéndolas.
–Cuchicheando sobre mi ¿Señoras?
–No, no, por favor Señorita Elena nosotras no queríamos ofenderla… –intentó excusarse la cocinera.
–¡Calla miserable! –Gritó propinándole una bofetada. –Os arrepentiréis de esto.

Por la noche todo parecía tranquilo hasta que Lena despertó sonámbula, cuando me di cuenta ya había salido de la habitación. No podía permitir que la institutriz la encontrara, teníamos prohibido salir de la habitación por las  noches. Pude encontrarla en el pasillo.
–Lena, volvamos a la cama. –Escuché unos pasos que hicieron que nos escondiéramos y que Lena despertara.
–¿Qué está pasando? ¿Qué hacemos aquí?
–Tranquila, estabas sonámbula. –La calmé. –Ahora silencio…
Elena pasó por el pasillo entonces para colarse en la habitación de la asistenta, cuando salió llevaba en su mano un cuchillo ensangrentado.
–Tenemos que avisar a papá. –Dijo Lena. Tenía razón, esto había llegado demasiado lejos. Una vez que Elena se alejó corrimos a la habitación de papá, pero no estaba.
Escuchamos unos pasos de nuevo y temiendo que no fuera nuestro padre el que entrara por esa puerta nos escondimos en el armario.

Entraron juntos, besándose, quitándose la ropa. No podíamos creer que nuestro padre tuviera una relación con la institutriz, pero ahora entendíamos su sumisión.
Mi padre se giró un momento para quitarse los pantalones, cuando ella sacó de nuevo el cuchillo para apuñalarle.
–¡Alto! –Gritó Lena saliendo del armario. Mi padre al ver a la desnuda mujer con el cuchillo intentó golpearla para desarmarla pero ella, hábil, logró esquivarle.
–Ya sabéis todos mi secreto –dijo con una risa enloquecida. –Sí, soy una asesina, soy Jazmín, o en otros pueblos María, o como aquí Elena. Pero sea quien sea, me llame como me llame mataré, siempre mataré.
–Hijos, recordad siempre que os quiero y perdonadme por este error. Ahora corred. –Esas fueron las últimas palabras de mi padre, quién se abalanzó hacía aquella horrible mujer para ser cruelmente apuñalado.

Con lágrimas en los ojos y tirando de mi hermana salimos corriendo de nuestra casa mientras la institutriz apuñalaba una y otra vez a ya el cuerpo sin vida de nuestro padre.
Lejos de allí pudimos emprender una nueva vida, aunque fue difícil superarlo jamás nos abandonamos el uno al otro y eso nos hacía fuertes. Solo rezamos por qué nuestro padre descansara en paz y aquella horrible asesina no volviera a encontrarnos nunca más.

Vivir sin miedo era difícil, si una nueva llegada tenía por nombre Jazmín, María o Elena el pulso se nos aceleraba pues jamás se supo dónde se fue ese demonio ni dónde se esconde, solo se supo y se contó la historia de Jazmín, la asesina institutriz. 

30 marzo 2015

Proyecto Marzo Adictos a la Escritura - Dos plumas

¡Hola a todos!
Este mes en Adictos a la Escritura nos tocó hacer un ejercicio muy interesante llamado "Dos plumas" que ha consistido en escribir un relato entre dos personas.

Creo que a mi compañera, Cristina, y a mi nos ha ido muy bien juntas, en seguida nos pusimos en contacto y día tras día fuimos trabajando en el relato. 
Primero hablamos de nuestros gustos para decidir el género que queríamos para nuestro relato y después fuimos escribiendo párrafos que luego la otra continuaba.

Escribir con otra persona me ha dado cierta tranquilidad, normalmente cuando escribo sola siento presión y temor por si no se me ocurre nada o no llego a tiempo a el día de publicación, pero al hacerlo con una compañera sabía que el relato tomaría buena forma y estaría a tiempo. 
Espero que a los otros compañeros de Adictos les haya ido igual de bien.

Y ahora, os dejo con nuestro relato al que hemos titulado "Perdón".
También podéis leerlo en el blog de mi compañera: http://cristinargou.blogspot.com.es



PERDÓN

No podía respirar. Ningún sonido llegaba a sus oídos. No sentía ningún tipo de tacto. Solo el sentido de la vista, nublado; el gusto con sabor metálico y el olor nauseabundo podían darle una idea de donde estaba y en qué condiciones.

Trató de moverse sin coordinación alguna provocando que se marease y vomitase algo pegajoso por un tubo de plástico pegado a su tráquea.

Solo deseaba salir de aquella pesadilla, o al menos recordar algo de lo que había ocurrido.

No podía ver a nadie a su alrededor, intentó hablar con mucha dificultad. Aquel tubo en su boca empezaba a causarle pudor, ni siquiera era capaz de saber si le salía la voz.

Cerró los ojos con fuerza y trató de enfocar su vista inútilmente. Allí yacía tendida en el suelo frío, sin posibilidades de escapar.

Con la poca visibilidad que tenía logró llevar su mano derecha a su garganta, la tocó sin llegar a saber qué había ocurrido ni por qué no sentía nada. Solo tenía la prueba de su mano llena de sangre y vómito.

Un recuerdo le llegó como un rayo y con mirada asustada; aterrorizada, se inclinó lo suficiente como para quedar sentada para ver una masa deforme donde deberían estar sus piernas y el líquido blanco con olor repugnante mezclado con la sangre.

Lloró hasta no poder más, esperando que alguien viniera a salvarla de aquella pesadilla interminable, los segundos parecían minutos y los minutos horas. Nadie parecía escucharla, la espera se hacía eterna.

Finalmente escuchó como una puerta se abría lentamente y seguidamente por fin se encendió la luz fluorescente de aquella terrible sala de tortura.

El horror fue entonces mucho peor, a sus lados no había más que cadáveres de otras chicas jóvenes como ella y sin piernas.

Observó a aquel ser. Estaba segura de que esa era la persona; no, el monstruo que le había hecho a ella y a todas esas otras mujeres como ella.

–Por favor déjame ir –pidió  –te prometo que no se lo contaré a nadie.

–Todas me pedís lo mismo  –respondió con su ronca voz  –pero es imposible. Una vez entráis en esta habitación no podéis salir.

– ¿Por qué haces esto? –Preguntó llorosa.

–Sois todas tan idénticas, siempre las mismas preguntas, empiezo a estar cansado  –dijo mientras se sentaba en una silla sin mirarla a los ojos  – ¿Sabes una cosa? Ninguna de vosotras logra comprenderme.

Mientras el hombre vagaba en sus pensamientos ella pensaba en una forma de lograr escaparse.

–Yo no soy como las demás– contestó con voz firme –yo veo arte en lo que hace.

El hombre miró sus ojos avellana e intrigado por aquel comportamiento se acercó a ella con paso firme pero dubitativo.

– ¿Y dónde ves arte en esta sala? – preguntó.

–En la forma en como ha colocado los cuerpos, por ejemplo –explicó ella –se nota que ha estudiado muy bien cómo colocar cada uno de ellos. Ha preparado usted su escenario con delicadeza y 
vigilando cada detalle.

–Interesante… Pero no me hables de usted. ¿Cómo te llamas?

–Raquel – Dijo sorprendida. Aquel hombre, el mismo que la había dejado sin piernas, estaba cada vez más cerca de ella. Tenía miedo. Le atemorizaba acabar muerta como las demás. Pero debía mantenerse tranquila, seguir el juego para aprovechar la más mínima posibilidad de escapar que pudiera surgir.

– ¿Y qué te parece la idea de cortar piernas? –Preguntó mientras acariciaba sus muñones– ¿Te gusta?
Realmente aquello la pilló por sorpresa, se estremeció ante el tacto de su mano, solo esperaba que él no notara su miedo.

–Es algo original –dijo con una sonrisa fingida – y se nota que sabes lo que haces. No siento ningún tipo de dolor.

–Quizá tengas razón y seas diferente – dijo él alejándose un poco de ella, provocándole un pequeño alivio en su interior. –En todo caso tendré que descubrirlo, así que dejaré que vivas de momento. 
No se atrevió a pronunciar palabra, se estaba quedando sin argumentos y sin fuerzas para seguir ocultando el miedo. No quería morir.

–Volveré más tarde y no intentes hacer nada raro– dijo antes de marcharse –Por cierto. Me llamo Denis.

Una vez se aseguró de que Denis se había alejado rompió a llorar. ¿Cómo iba a escapar de ese lugar? Aquellos cadáveres que la rodeaban parecían ser a cada minuto más horribles y más repugnantes.

“Piensa, Raquel, piensa. Nada es imposible” se decía para sí misma intentando calmarse.

Entonces miró su brazo en el que una vía le pasaba suero. Contó hasta tres y de un tirón se sacó la aguja, no era una gran arma, pero podía servir. Después se recolocó el tubo del suero con la esperanza de que su secuestrador no se percatara de lo que había hecho.

De tanto esperar logró quedarse dormida, o bien inconsciente, era difícil diferenciarlo en aquellas circunstancias.

Por fin se volvió a abrir la puerta de la sala en la que estaba, pero esta vez Denis no venía solo. Arrastraba una silla de ruedas en la que una joven pelirroja yacía inconsciente.

–Te he traído una sorpresa – le dijo. –Te voy a enseñar lo que les hice a todas estas chicas y lo que te hice a ti, si lo aguantas sabré que eres diferente.

No podía creer lo que decía ese monstruo, ni podía permitir que esa chica sufriera lo mismo que ella, pero solo pudo asentir.

Denis se sentó sobre la chica pelirroja en la silla y comenzó a besarla, era repugnante el pensar que había hecho lo mismo con todas las demás y con ella misma. Tenía que pararlo antes de que llegara más lejos.

– ¡No, para! –exclamó temiendo su reacción.

–Lo sabía, eres igual que todas las demás.

–No, no es eso… Es que no puedo dejar que hagas con ella lo mismo que has hecho conmigo, quiero ser la única que te de placer. –Dijo casi sin pensar.

Denis sonrió y entonces se abalanzó sobre ella para besarla. Varias cosas cayeron al suelo provocando sonidos insoportables. Se dejó besar y manosear por aquel asesino hasta que se percató de que la chica pelirroja despertaba, sobresaltada pero sin producir un solo sonido observó la situación.

Raquel la miró, después dirigió la mirada hacia la puerta. Quería que se marchara, no le importaba sacrificarse por ella. Pero la chica pelirroja negó con la cabeza, no escaparía y la dejaría allí sola. Miró a su alrededor y encontró una tubería rota que había en el suelo.

Con decisión logró soltarse de las amarras que Denis le había puesto para mantenerla quieta en su silla y se puso de pie. Sin embargo sus piernas fallaron y volvió a caer en la silla. Aquel pequeño ruido alertó al depredador dándole la oportunidad perfecta a Raquel de clavarle la diminuta pero perfilada aguja en un lugar vital del cuello de su secuestrador.

– ¡Corre! –Fue el grito que había reprimido por tantas horas lo que empujó a la pelirroja a coger fuerzas y, tirándose al suelo, arrastrarse por encima de los cadáveres para lograr llegar a la tubería.

Denis agarró el cuello de Raquel, apretándolo con tanta fuerza que logró dejarla inconsciente en apenas unos segundos. Se quitó la aguja de un tirón y miró con enormes ojos de deseo a la joven que acababa de coger la tubería.

Con un giro sobre sí misma logró golpear en la cabeza al hombre dejándolo inconsciente. Sin embargo ella sabía que no tenía tiempo.

Miró con ojos asustados a Raquel y luego a la silla de ruedas. Tenía que salvarla. Con gran esfuerzo y aferrándose a las paredes, se movió junto con la silla hacia Raquel.

Al llegar a su lado la zarandeó y la echó encima de la silla. Se sentó sobre ella y, con toda la fuerza que tenía, movió la silla empujando las ruedas con sus manos.

Había logrado llegar al pasillo cuando Raquel comenzó a toser sangre y un grito gutural retumbó con el despertar de la bestia.

Los nervios y el miedo crearon la mezcla perfecta provocando la caída de ambas de la silla.

Las lágrimas saltaron de los ojos de la pelirroja y se aferró a las manos de su compañera, tirada a su lado.

Raquel negó en respuesta, proporcionándole paz a su conciencia, pues sabía que aquello terminaría ahí y en ese mismo momento.

La joven giró su cabeza observando la sombra que llegaba con rapidez hacia ellas. No lograba distinguirlo, pero sabía que era un hombre. Era él.

Apretó con fuerza las manos de la fallecida sin siquiera saber que lo estaba y cerrando fuerte los ojos solo fue capaz de susurrar:

–Perdón.

Autoras:
Cristina Argibay
Nerea García

27 marzo 2015

Working!

Hola a todos :)

Como habréis podido notar tenía el blog un poco abandonado, pero ahora le he hecho un lavado de cara y vengo a deciros que pronto lo actualizaré más.

Estoy metida de lleno con mi grupo de teatro Maikamente ya que nos queda menos de un mes para que estrenemos nuestra obra de teatro El Casting! En Badia del Vallès (Barcelona, Cataluña)
El estreno será el 19 de abril, a las 18:00h si vivís en poblaciones cercanas a Badia no os lo perdáis :)
(El precio de la entrada es de 5€ por persona)






Por último anunciaros que estoy trabajando en dos relatos, uno viene de la mano del grupo Adictos a la escritura. Se trata de un ejercicio muy interesante: escribir un relato entre dos escritoras. Creo que os gustará mucho. En tan solo tres días podréis leerlo y disfrutarlo.


El otro relato lo estoy escribiendo en solitario, es muy diferente a las cosas que suelo escribir y espero sorprenderos, Pero para leer este tendréis que esperar un poquito más. 




Así que aquí me encuentro sumergida en mis proyectos, trabajando con mucho gusto :)
¡Nos leemos!







14 abril 2012

Adictos a la Escritura - El Titanic: Proyecto Abril 2012

¡Hola a todos aquí traigo mi relato para el proyecto de este mes de Adictos a la Escritura que consistía en hacer un relato para conmemorar que El Titanic cumple 100 años!
Espero que os guste tanto como a mí me ha gustado escribirlo ^^


Un ángel del Titanic

Llegué a casa una noche más después del trabajo, arrastrando el cansancio de mi cuerpo.
La casa estaba fría y vacía, siempre estaba así desde que mamá murió. Me sentía tan sola sin su compañía… Mi vida era muy triste y rutinaria desde entonces.
Cené algo siguiendo con mi dieta vegetariana y me fui a dormir deseando poder descansar y no tener esas pesadillas sobre El Titanic.
Era curioso y extraño que llevara semanas soñando con el hundimiento del barco, precisamente pronto haría cien años del suceso.
Cada noche soñaba lo mismo: Un joven castaño y guapo que estaba en la cubierta del barco mirando el estrellado y precioso cielo, después entraba al salón dónde se estaba celebrando un gran baile. A partir de ahí todo el sueño se convertía en pesadilla; veía como el barco chocaba contra el iceberg, el sufrimiento de la gente, de los niños… Era horrible pero por más que no quisiera verlo no lograba despertar hasta que el joven protagonista moría ahogado en las frías aguas.
Lo pasaba muy mal con el sueño pues sentía las emociones del joven cómo si fuesen demasiado reales y el tema empezaba a preocuparme pero no sabía que hacer.

El primer día de primavera las pesadillas acabaron.
Como siempre llegué a casa después del trabajo en el supermercado, cansada y triste sin ganas de hacer nada. Además no me gustaba saber que estaba sola. Pero para mi sorpresa cuando abrí la puerta alguien estaba en la casa.
-¡Ah! –grité al ver al chico que aparecía en mis pesadillas del Titanic.
-Tranquila, no te asustes, no quiero hacerte daño –dijo tratando de calmarme.
-¿Pero quién demonios eres? ¿Qué haces aquí? –Estaba asustada y no entendía nada.
Él trató de acercarse y yo para impedir que lo hiciera le tiré un jarrón que le travesó por completo sin hacerle ningún mal. -¡Eres un fantasma! –grité sin creer mis palabras.
-Vale… Sí, soy un fantasma… Aun que a mi me gusta más llamarlo espíritu. En fin, llevo tanto tiempo buscando a alguien que me comprendiera y estás aquí –dijo feliz –Siento haberme metido en tus sueños, pero era la única forma.
-¿Pero cómo que te has metido en mis sueños? ¿Por qué?
-No lo sé, solo sé que llevo cien años sin vida, rondando por este mundo en busca de alguien. Alguien que viera mi historia al completo en sueños para comprender y sentir mi sufrimiento y pudiera verme y escucharme y esa eres tú.
Realmente comenzaba a sentirme como una auténtica loca. ¿Estaba hablando con un fantasma? ¡No podía ser!
-Dios mío… Me he vuelto loca, sí muy loca… El cansancio me esta matando, quizá debería ir al especialista o…
-¡Que soy real! –Protestó cortándome –Vamos deja que al menos te cuente mi historia del todo… Ni si quiera sabes mi nombre.
-Y no me hace falta por que eres una imaginación, nada más.
-Vamos… Dame una oportunidad… Llevo cien años buscándote –me sentía estúpida pero estaba demasiado cansada y quizá si seguía el juego de mi imaginación terminaría acabando y todo volvería a la normalidad.
-Bueno, está bien te escucharé, yo soy Amaia.
-¡Bien! –dijo alegre –Mi nombre es Alessandro y morí en la tragedia del Titanic como has visto en tus sueños. ¡Yo soñaba con encontrar el amor en el barco! –dijo como si estuviera soñando despierto –Y no me importaba que fuera rica o pobre, total yo ya tenía suficientes riquezas pero necesitaba el amor… Y jamás lo encontré. Desde entonces llevo cien años aquí buscando a alguien que me viera y escuchara.
 -¿Y por qué yo?
Hizo un gesto cómo diciendo “no tengo ni idea” y me sentí muy confusa.
-Me voy a la cama… -Opté por ir a dormir esperando que al día siguiente ya no estuviera.
-Está bien, descansa Amaia, te prometo que no volveré a meterme en tus sueños.                      


Los días pasaron y Amaia empezaba a acostumbrarse a verme, pero aun no aceptaba que yo fuera un espíritu y que fuera real.
Amaia era tan hermosa, realmente había valido la pena buscarla durante cien años.
Desde que me convertí en un alma hacía siempre lo que mi sexto sentido me decía y ahora sentía que debía cuidar de ella y lograr conocerla mejor.
Comencé a ayudarla cada día con las tareas de la casa, le hacía el desayuno… Ella no sé creía todo lo que podía hacer pero yo notaba que era más feliz.
Y así era, por fin un día me abrió su corazón:
 -Mi madre murió de cáncer y desde entonces me quedé sola, muy sola… Al principio pensé que eras una locura, pero desde que estás conmigo me siento mejor… Aun que a veces sigo pensando que eres solo una imaginación –reconoció con un punto de decepción.
-Te demostraré que soy real.
Me acerqué a ella y la abracé envolviéndola con mi aura, no podía tocarme pero si sentirme.
-Eres como un aire que me envuelve… Es maravilloso… ¡Oh existes! ¡Existes y puedo sentirte! –dijo mientras se le escapaban lágrimas de felicidad –No quiero que te vayas.
-No lo haré –le prometí –no volverás a estar sola nunca más.

Pasó un tiempo maravilloso en que pasábamos cada día juntos. Yo le contaba a menudo historias del Titanic o le hablaba de cómo era mi época y a ella le encantaba escucharme y que la abrazara, yo estaba enamorado de ella pero no sabía cuales eran sus sentimientos.
A mi me encantaba cuidarla y quererla, ella era el amor que siempre estuve buscando. Pensé que ese era mi destino, estar con ella y ser su ángel.
Pero el diez de abril, el día que se cumplían cien años del comienzo del viaje en El Titanic:
-Soy tan feliz desde que estás aquí… -dijo Amaia mientras la abrazaba –necesitaba tanto a alguien que me diera amor y compañía… ¡Te quiero! –dijo sorprendiéndome.
-¡Oh yo también te quiero! –le contesté muy feliz.
Entonces algo cambió en mi, ya no podía sentir ese sexto sentido que antes me acompañaba y solo podía ver una blanquecina luz a la que sabía que tenía que ir. Así lo comprendí todo.
-Amaia he de marcharme… He encontrado el amor, te he encontrado y ahora ha llegado la hora de que mi alma también deje este mundo. Por eso estaba aquí porque no había encontrado el amor… Jamás me arrepentiré de haberte buscado durante cien años, te amo.
-¿Qué? Pero no, no puedes irte ahora Alessandro. Tú eres mi amor y mi ángel el que me cuida y me ha devuelto la felicidad en la vida.
-Querida mía, esté dónde esté siempre seré tu ángel…

De pronto se desvaneció. -¡Alessandro! ¡Vuelve, me prometiste que no volvería a estar sola!
Pero él se había ido para siempre y no pudo cumplir su promesa. Me quedé sola de nuevo, muy triste y de vuelta a la deprimente vida que antes tenía.
Pero el día quince de abril, justo cuando hacía cien años de la muerte de Alessandro:
Un chico nuevo tenía que entrar a trabajar en el supermercado.
-¿Hola?
Aquella voz me resultaba muy familiar, me giré para verle y allí estaba…
-Soy el nuevo dependiente, me llamo Alex. –Sonrió.
-Hola, yo soy Amaia –Le dije muy feliz sin poder creer que fuera igual que él.
Nos acercamos para darnos dos besos, de nuevo sentí su presencia…
Él era mi ángel del Titanic en carne y hueso y había vuelto para cumplir su promesa.

26 marzo 2012

Adictos a la Escritura: La Frase (Proyecto Marzo 2012)

¡Hola! 
Aquí traigo el proyecto del mes de Adictos a la Escritura, esta vez consistía en intercambiar frases con los compañeros/as  y a mi me tocó la frase de Patricia Olivera:
 Lo miró de arriba a abajo y lentamente se fue acercando; los velos transparentes que cubrían su sensual cuerpo parecían bailar al compás de sus pasos.
Espero que el relato os guste, tenido tan poco tiempo que no me creo que al final lo haya terminado, a penas he podido revisarlo así que pido disculpas anticipadas por los errores que pueda haber jeje. 






Consecuencias de un sueño


Cada noche soñaba con aquella preciosa muchacha. Una joven con una gran melena castaña y un sensual cuerpo. Cada noche el mismo sueño:
Primero veía el hermoso palacio, en una calurosa y estrellada noche de verano, después se adentraba en los bosques que lo rodean y allí en una plana sin arboles estaba ella sentada sobre las flores.
Él se quedaba frente a ella mientras se levantaba con delicadeza del suelo, a continuación lo miraba y se acercaba lentamente a él mientras los velos que tapaban su cuerpo se movían con la suave brisa.
Y como cada día, despertó excitado y con sudor en la frente. Aturdido por ese extraño sueño que le acompañaba todas las noches desde su adolescencia.
Ahora era un joven y apuesto príncipe que se formaba para ser el futuro rey del pueblo.

Como cada mañana el servicio le trajo el desayuno, le prepararon el baño y sus lujosas ropas y fue a reunirse con su padre.
Hoy sería una mañana intensa, pues darían la noticia de su casamiento ante los ciudadanos que en ocasiones les odiaban por los duros momentos económicos que pasaba el reino. Y era por esa razón que el Príncipe ---- iba a casarse.
Todo estaba ya listo para dar la noticia con la que el Rey esperaba calmar a su pueblo.  
Así que todos los pueblerinos se reunieron en la plaza dónde el Rey y el Príncipe esperaban para dar el mensaje.
-Queridos subordinados –Comenzó diciendo el Rey –Sé que nuestro reino está pasando por duros momentos, pero  el sufrimiento va a acabar pronto. Mi hijo, el Príncipe Jorge va a casarse con la Princesa Aurora de nuestro reino vecino.
Así el Rey José y yo uniremos a los dos reinos para mejorar nuestra economía y prosperidad.
Algunos no se fiaban del rey, pero otros grandes servidores comenzaron a aplaudir confiando en sus palabras. El Príncipe al ver que algunos no acababan de estar contentos decidió hablar: -Queridos ciudadanos, algún día yo seré el Rey de este querido Reino y es por eso que he tomado la decisión de casarme. Os prometo que a partir de ahora todo irá a mejor y a nadie le faltará de comer. No os abandonaré.
De nuevo la gente comenzó a aplaudir con la suma de muchos que antes no lo habían hecho. El príncipe se sentía satisfecho mirando como su pueblo le adoraba, incluso le adoraban más que a su padre y eso le colmaba de orgullo, pero de repente vio a una linda muchacha seria y de brazos cruzados que le miraba fijamente.
La expresión le cambió de repente, al darse cuenta de dónde la había visto antes.

El Rey ordenó la marcha, pues ya habían dado la noticia y era hora de ir a palacio, pero el Príncipe no podía quedarse de brazos cruzados, sentía la necesidad de hablar con aquella muchacha y trató de buscarla con la mirada, pero ella ya se había perdido entre la multitud.
Resignado volvió a palacio con la rutina de cada día hasta que llegó la noche y de nuevo se fue a dormir para soñar con la desconocida, al menos ahora sabía que ella era real Pero no sabia quién era y de nada le serviría saberlo, ahora tenía que casarse y no podía abandonar sus decisiones ni a su pueblo por una simple campesina que aparecía en sus sueños.
Al día siguiente despertó como siempre. Todo transcurrió igual hasta que fue a ver a su padre que estaba con la misteriosa muchacha.
-Buenos días, Padre –dijo asombrado al verla.
-Buenos días –saludó también el Rey –querido hijo mio, esta muchacha es Miranda, acabo de contratarla para que cuide a los caballos.
-A su servicio majestad –dijo Miranda haciendo una reverencia al Príncipe pero mirándole de una intensa forma.
El Príncipe se sintió enfadado, una campesina no podía osar mirarle de aquella forma a él que tanto respeto infundía a todos los pueblerinos.
Le pidió permiso a su padre para tomarse el día libre para poder pensar cómo echarla de palacio, un presentimiento le decía que no iba a traerles nada bueno y que debía irse por mucho que soñara con ella.
 Pero Miranda no se fue. No había forma de que el Rey la despidiera y es que hacía su trabajo realmente bien. Desde que ella había llegado los caballos estaban mucho más saludables y felices y al Rey le importaban muchísimo todos los animales que tenían en palacio.

El Príncipe frustrado porque no podía parar de pensar en ella fue a buscarla, estaba harto de asomarse a la ventana de su habitación y que ella le mirara siempre con esa mirada intensa y esa sonrisa picarona. Le ponía enfermo porque le gustaba demasiado…
-Tú, campesina.
-¿Sí, alteza? –Respondió con educación pero con la misma sonrisa.
-Quiero que te vayas de aquí, estoy cansado de la gran falta de respeto que tienes al mirarme.
-¿Es eso lo que te pasa? ¿O es que me deseas? –El Príncipe Jorge no podía creer lo que Miranda le estaba diciendo –Te esperaré a media noche en el prado que hay en los adentros del bosque; si no vienes no volveré a palacio y jamás volverás a cruzarte con mi mirada.
Miranda entró en el establo con el caballo blanco al que estaba cepillando y el Príncipe atónito entró a sus aposentos. Por supuesto no debía hacerle caso a esa impresentable, pero no podía dejar de pensar en su sueño y en que podía hacerse realidad…
¡Pero no! Aquello no era posible y los sueños son tan solo imaginaciones.

Así que cuando llegó la estrellada y calurosa noche el Príncipe se acostó temprano, para poder descansar bien. De repente el sueño volvió a su mente y se despertó antes de la mañana. ¡Todavía no era media noche, estaba a tiempo!
Corriendo salió del palacio y en caballo llegó hasta el bosque, lo dejo allí y corrió hasta el prado. Entonces su sueño se hizo realidad e incluso la realidad fue mucho mejor que el sueño:
Miranda se levantó del suelo. Él se quedo de pie frente a ella, solo unos metros les separaban. Lo miró de arriba a abajo y lentamente se fue acercando; los velos transparentes que cubrían su sensual cuerpo parecían bailar al compás de sus pasos.
Cuando llegó hasta él los velos terminaron cayendo al suelo, contempló su cuerpo y se quedó hechizado. Sabía que era el momento con el que había soñado durante toda su vida.
Sobre las flores hicieron el amor, se fundieron juntos como si fuesen un solo cuerpo y se dejaron llevar por la pasión de sus corazones.
Sentían que eran dos desconocidos destinados a encontrarse, pues ella le confesó que también soñaba con el mismo momento desde su temprana juventud.

Pero todo sueño tiene su fin. El Príncipe fue a buscar el caballo que antes había dejado en el bosque dejando dormida a Miranda. Cuando volvió alguien pretendía interrumpir los sueños de la preciosa joven.
El Rey que se había percatado de lo sucedido al darse cuenta de la salida del príncipe no podía permitirse correr el riesgo de que una campesina tuviera un hijo de la realeza. Así que desenfundó su espada dispuesto a travesarle el corazón. Pero el Príncipe rápido y hábil gritó:
-¡Huye, Miranda!
Se puso frente a ella y la espada de su padre se clavó en su corazón y no en el de Miranda que corriendo se subió al caballo y huyó, triste y con el próximo rey en sus adentros.  

FIN